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Intenté escapar de las palabras. Quería crecer. Tal vez lo haga con ellas. O tal vez agarre la mano de Peter para siempre.
No aguanté. No sé si ellas me pertenecen o yo les pertenezco a ellas. Me tienen calada.

domingo, 13 de marzo de 2011

Bukowski. Y Ben Sanderson

 
Y aparezco colgada sobre tus hombros. Ni siquiera recuerdo cómo llegué a ellos.Gracias hipocampo, por hacer que guarde esto. Que las lagunas no me invadan. Pero ahora mismo eso da igual. Te encuentro. Y te desencuentro. Y cuando lo hago te busco. Te reclamo. 
Hablas de preciosas francesas a las que les gusta disfrutar de los pequeños placeres. De hombres con máscaras que buscan justicia. De whisky. Y de personas que se esnifan el cielo. Me enseñas. Me ilustras. Puedes hacerte admirar en dos minutos y medio. Más de un hombre bueno ha acabado en el arroyo por culpa de una mujer. Sonríes. Y me hablas de un pequeño príncipe de pelo dorado como el sol.
¿Y qué hago yo ahora? Tal vez tengas un pacto con la gravedad. Me llevas hacia ti. Me rindo. No pienso oponerme. Ni lo dudo. 
El bullicio y las risas se convierten en destierro. No sé en qué hora vivo. Y tal vez no quiera reloj. No sé donde estamos. Y tranquilo, que no deseo un mapa. 
No tengo frío. Ni hambre. Ni miedo. No me preocupa saber dónde estamos. Te tengo aquí. 
Y me escurro sobre el banco. Número 27. Y parezco una cotorra ebria. Pero tú siempre quieres saber más. Y me dices que si me lo das o si me lo robas. Sale Sabina de por medio. Y lo esquivas. Bien hecho. Haz conmigo lo que quieras. Pero hazlo. 
Déjame un cuarto de tu boca para la vuelta. Puede que la eche de menos. 
Y vomitas sobre mí palabras que no merezco. Que me cosen. ¿Acaso quieres conseguir el récord en el amaestramiento de esta zorra? ¿En el número de sonrisas de las bonitas que me usurpas por segundo? Crees que eres malo. Y a mí me hace gracia. Alguien malo no mira así. Maldito brillo. Alguien malo no sonríe así. Maldita barba. Alguien malo no besa así. Maldita lengua. 
Apostamos sobre fruterías en metros cuadrados. Y claro que ganas. Eso es jugar con ventaja. Sabes qué quieres de premio. Y deambulamos con los barrenderos pisando nuestros talones. Quizás seamos los únicos despiertos de la ciudad. Y subimos escalones torcidos. 

Pensé en besarte a lo Amélie. Ya sabes,  un beso en la comisura derecha. Luego en el lado izquierdo de tu cuello. Otro en el camino entre tu párpado y tu ceja. Tenía ganas. Muchas.
Pensé en dormir a tu lado. No pasé frío hasta que te separaste de mí. 
Pensé. Pero sólo me salía reírme. Y pensé. Pensé demasiado. 


Me miras. Sé que estás mirándome. Como una regadera que la hierba hace que vuelva a brotar y ahora es todo campo ya. 

Vuelve lo oscuro. No he sido tan mala, lo sabes. Y tú no has faltado a tus promesas. No faltan las palabras. Ni sobran. Ven, si es lo que quieres. Y volvemos a caminar desorientados. Pero siempre de tu mano. Te descubro por instantes. Y siempre va a mejor.
Paradas. Risas. Encuentros. Ranas. Besos repudiados a monjas. Sigo de tu mano. O de tu cuerpo.
Vueltas. Y más vueltas. 
Por fin el 26. Subir las escaleras. Quedarnos a oscuras en medio. No pienso subir así. Y cierran la puerta. Te veo venir. Ahora soy presa fácil. ¿Quién caza a quién? Y aprendo a verte en la oscuridad. Y aquí nadie quiere que aparezca el sol. Sigues regalando a unos oídos que no merecen. Quedémonos así. Me pides de los bonitos. Vuelvo a rendirme. No sé quien no lo haría. Cada vez que reclames más te lo daré. Me gusta estar sobre tus rodillas. Tus manos son libres. Déjalas volar. 
Me buscan. Escucho mi nombre. Maldito teléfono. Corre, invéntate una excusa. Da lo mismo. Llévame. Y aquí se termina todo. Llamas a la puerta. Y me pides uno, sólo uno más. Sostienes la puerta para que no nos abran. 

Quizás debería haber aceptado tu invitación al diván. 
Te vi por la mañana delante de la habitación. No miraste. 
Me hubiera precipitado sobre ti como la pequeña Lolita de Nabokov sobre Humbert. 

Cuando quieras, ya sabes. Tienes una apuesta ganada que espera cobrarse.